miércoles, 29 de abril de 2009

Todos tenemos una buena razón, grande y redonda, para que corra la sangre por nuestras venas. Yo tenía dos, sus dos mejillas sonrojadas sobre su blanca piel, escoltando la sonrisa más bella del mundo.

Y ahora me deshago en lágrimas, y me deshago en tinta, y no acierto a rimarle un poema que le haga honor -pero por eso no me frustro, no hay poeta que pueda hacerlo-. Tal vez tampoco haya hombre que pueda retenerla. O tal vez soy gilipollas.